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Carmen
Gozalo de Andrés
Licenciada en Historia

Día de tormenta. Fotog. Justino Medrano
Entre
las sentencias y frases proverbiales de contenido
meteorológico, ésta de “acordarse
de Santa Bárbara cuando truena”
es, sin duda, una de las más utilizadas. Hoy
la empleamos únicamente en sentido figurado,
poniendo de manifiesto nuestro comportamiento habitual
de dejar para mañana lo que podemos hacer hoy,
aparcar para mejor ocasión lo que aún
pensamos puede demorarse, o aplazar sine
díe lo que no conviene a nuestros
intereses. Y así lo hacemos hasta que metafóricos
truenos hacen tambalear o amenazan nuestra posición,
en cualquier nivel al que lo contemplemos.
Ignoramos
quien y en qué momento pronunció por
primera vez este axioma en sentido alegórico,
pero sí podemos afirmar que la tradición
de muchos siglos ha vinculado a Santa Bárbara
con los truenos y que su nombre va unido, en un pasado
bastante reciente, a creencias, ritos, conjuros y
supersticiones dirigidos a protegernos de los rayos
y los estragos producidos por las tormentas.
Las legendarias biografías de Santa
Bárbara
De historicidad insegura y protagonista de un buen
número de leyendas, la vida de Santa Bárbara
está adornada de gran cantidad de elementos
inverosímiles, contradictorios y teológicamente
sorprendentes. No es de extrañar que la Iglesia
Romana, tras el Concilio Vaticano II, la eliminara
del calendario litúrgico junto a otros santos
antiguos, sustituyéndolos en el santoral por
otros nuevos de canonización más reciente,
con biografías documentadas históricamente
y más cercanos culturalmente al mundo contemporáneo.
Según
el Misal Romano anterior al último Concilio,
el martirio de Santa Bárbara había ocurrido
en Nicomedia, en el siglo III de nuestra era, en tiempos
del emperador Maximinus Thrax. Las variantes de las
muchas leyendas que se conocen corresponden o son
posteriores al siglo VII, tiempo en que la Santa fue
muy venerada y los lugares de su hipotética
residencia se convirtieron en destino frecuente de
gran número de peregrinaciones. Las tradiciones
citan sitios tan distantes como Antioquia, Nicomedia
o Heliópolis como del nacimiento y muerte de
Santa Bárbara. Siglos después, los martirologios
medievales señalaron Toscana, e incluso Roma,
como lugares en que habían tenido lugar ambos
acontecimientos.
Casi
todas las noticias que han llegado a nuestros días
coinciden en que Bárbara era la única
hija de un sátrapa llamado Dióscuro.
Había quedado huérfana de madre a los
siete años y, muy joven, se había convertido
al cristianismo. Al regreso de un viaje de inspección
por la provincia romana efectuado por su padre, éste
propuso a la joven un matrimonio de conveniencia,
que ella rechazó. Dióscuro descubrió
la conversión de Bárbara al cristianismo
y la denunció al pretor romano, el cual se
vio obligado a condenarla a la pena capital. El sátrapa,
que ya había mandado construir una torre para
mantener a Bárbara alejada del mundo y forzarla
a la apostasía, la sometió a toda clase
de castigos y vejaciones y, finalmente, solicitó
permiso para ejecutar personalmente la sentencia de
muerte. Después, la degolló con su propia
espada. Al momento de cometer el parricidio, Dióscuro
fue fulminado por un rayo. A este hecho, según
parece, se le ha venido atribuyendo el origen de la
frase “acordarse de Santa Bárbara cuando
truena “ y de que la Iglesia la nominara Santa
Protectora de las personas y de sus bienes frente
a las tormentas.
Robert
Campin. Pintura flamenca (S.XV)
Otra leyenda más tardía en el tiempo,
totalmente distinta y de menor difusión, refiere
que el padre de Santa Bárbara había
nacido en Hippo (Argelia) y se llamaba Alipius. Había
dedicado su vida al conocimiento y ejercicio de la
química en aplicaciones bélicas y a
la fabricación de explosivos. Parece que había
proporcionado a Bárbara una esmerada educación
liberal, que la permitía expresarse en diversas
lenguas y participar con él en sus trabajos
de investigación, descubriendo ambos un detonante
de extraordinario poder. La joven, que estaba dotada
de una gran belleza y había rechazado a numerosos
pretendientes, se decidió a profesar como religiosa
en el convento de Santa Perpetua, fundado por Santa
Agustina.
Era
el año 430 y Africa sufría una invasión
de pueblos bárbaros, que sitiaron la ciudad
de Hippo. Alipio dirigió su defensa y fue muerto
por un flechazo. Entonces, los sitiados llamaron a
Bárbara al convento para que prosiguiera la
defensa iniciada por su padre, fabricando y utilizando
explosivos, luces de Bengala y globos de fuego para
ser arrojados con catapultas, que había aprendido
a fabricar con su progenitor. Después de catorce
meses, la ciudad se vio obligada a capitular y los
sitiadores pretendieron vengarse de Bárbara,
asaltando el convento al que había regresado.
Pero ella, previendo lo que iba a ocurrir, tenía
acumulada una gran cantidad de explosivos en el subterráneo
del monasterio y, cuando se percató de que
ya no podían hacer nada más en su defensa,
provocó su explosión. Conquistadores
y vencidos fueron aniquilados bajo los escombros.
Así murió Santa Bárbara, escapando
con sus compañeras al consiguiente escarnio
y a los acostumbrados ultrajes de la soldadesca.
No
resulta verosímil que las dos biografías
anteriores correspondan a una misma persona. Más
bien parecen referirse a dos jóvenes cristianas
y mártires, distintas, aunque de idéntico
nombre. La tradición de la muerte de la Santa,
decapitada por su padre por no abjurar del cristianismo
prevaleció ante la Iglesia, quien determinó
que su festividad se celebrara el día 4 de
diciembre.
A
lo largo de los siglos la han elegido como Patrona
los artilleros, ingenieros de armamento, mineros,
trabajadores de canteras, fundidores, bomberos, pirotécnicos,
arquitectos, albañiles, constructores y cavadores
de tumbas. De los catorce Santos Protectores existentes,
Santa Bárbara es la Santa Protectora que defiende
del rayo, el fuego, la muerte repentina sin confesión
y la provocada por explosiones. Fue una de las santas
más populares en la Edad Media, virtud que
conserva aún en la actualidad. En España
ostenta el patronazgo de numerosos pueblos, donde
se la festeja con misas, novenas, procesiones, y romerías
populares. De las provincias hispanas, en Valencia
nada menos que once localidades la tienen como Patrona.
En la actualidad detenta como hándicap el hecho
de que la religión de la Santería la
haya adoptado como a uno de sus dioses, lo que hay
quien dice puede tener alguna relación con
la desaparición de Santa Bárbara del
último calendario litúrgico católico.
Velas
y jaculatorias para Santa Bárbara
Hace muchos siglos, la Iglesia Católica nominó
a Santa Bárbara Santa Protectora contra rayos
y tormentas. Como tal se le rendía un culto
especial, con rituales que adquirían modalidades
particulares en cada nación, en cada región
e incluso en cada lugar. Entre los variadísimos
ceremoniales y costumbres extendidos por la geografía
española, relacionados con Santa Bárbara
y los truenos, citamos a continuación algunos,
a modo de ejemplo, procedentes de las regiones de
que tenemos más información.
En
Cantabria, las “tronadas” no sólo
arruinaban cosechas, producían incendios y
mataban a personas y animales. También entorpecían
muchas labores domésticas, rutinarias hace
siglos, como hacer el pan o la mantequilla en cada
hogar. La tormenta no dejaba “leudar”
el pan antes de la hornada, o “natar”
la leche antes de elaborar la manteca. También
podían “atronarse” los huevos que
estaban empollando las gallinas... Así que,
aunque parezcan cosas nimias, era obligado tomar precauciones
cuando se acercaba una tormenta y demorar la fermentación
de la masa del pan para meterlo al horno a cocer hasta
que aquella se alejara; comprobar que debajo de los
huevos, en el “nidal”, estaba la cruz
hecha con hierros; quemar un poco de laurel; evitar
las corrientes de aire y, sobre todo, encender las
velas de las Candelas o las que habían ardido
en el Monumento parroquial el día de Jueves
Santo. El ritual preparatorio dentro de una casa rural
se iniciaba cuando el aspecto del cielo amenazaba
tormenta o se escuchaban los primeros truenos aún
lejanos. Enseguida había que acompañar
estos preparativos, que no debían faltar, con
el rezo reiterativo y musitado de las jaculatorias
“al uso” dedicadas a Santa Bárbara
:

“Santa Bárbara bendita,
que en el cielo estás escrita
con papel y agua bendita.
En el ara de la Cruz,
Pater noste(r), amén Jesús”
Esta era la invocación más generalizada
en Cantabria, aunque había otras tan originales
como la que sigue, plegaria con la que expresamente
se solicitaba la ausencia de granizo, para proteger
la cosecha de maíz:
“
Ay, gloriosa Santa Bárbara,
ten compasión de nosotros:
danos agua sin la piedra,
que acaba con los panojos.”
En el Pirineo aragonés la invocación
citada en primer lugar, se hacía añadiendo
un verso más. Decía así:
“Santa
Bárbara bendita,
que en el cielo estás escrita
con papel y agua bendita.
Jesucristo está enclavado
en el árbol de la cruz,
Páternoste amén Jesús”
En
aquella zona pirenaica, en cuanto había indicios
de tormenta, se salmodiaban continuadamente frases
y oraciones cortas dirigidas a la Santa: “¡Ay,
Santa Bárbara, que truena!” o “
Santa Bárbara bendita, que trae el sol y el
trueno quita”, al tiempo que se buscaban los
amuletos para “esconjurar” la tormenta,
poniendo en las ventanas cuchillos y hoces con el
filo hacia el cielo, tijeras con la punta hacia arriba,
y se echaban puñados de sal en el fuego. En
otros lugares se hacía una cruz con sal en
el dintel de la puerta. El laurel, romero y otros
ramos de árbol, bendecidos en el Domingo de
Ramos, también se consideraban amuletos contra
la tormenta.
En
Asturias, en el Concejo de Somiedo, hemos localizado
otra variante de la jaculatoria que citábamos
al comienzo, muy original. Esta tiene nueve versos
y los tres primeros-como casi en todas- son idénticos
a los de las oraciones citadas:
“Santa
Bárbara bendita,
que en el cielo estás escrita
con papel y agua bendita.
Santa Bárbara doncella,
líbranos de la centella
y del rayo mal parado.
Jesucristo está enclavado
en el ara de la Cruz.
Paternoste, Amén Jesús.”
El
culto a Santa Bárbara estaba muy extendido
en toda la cristiandad. Como curiosidad, se incorpora
una invocación portuguesa que hemos localizado
en la red, dirigida a Santa Bárbara. y formada
por aleluyas de versos octosilábicos. Procede
de Marvao en las proximidades de la frontera española.
ORAÇAO
A SANTA BÁRBARA
Santa
Bárbara bendita
Lá no ceu está escrita
Num papel com agua benta,
Livre-nos desta tormenta
Que a leve lá para bem longe
Pr’a onde nao haja pao nem vino
Nem flor de rosamarinho
Nem mulher com meninos
Nem vacas com bezerrinhos.
Já os galos cantam,
Já os anjos se levantam,
Já o Senhor está na cruz
Para sempre, amém Jesús.
Nubero
Si
en el Alto Aragón se creía que los provocadores
de tormentas eran los genios de las montañas,
las brujas, los brujones y los diablos, en tierras
cántabras, asturianas y gallegas se decía
que eran los nuberos, renuberos, nubeiros y renubeiros.
Todos ellos son personajes mitológicos, protagonistas
de gran cantidad de relatos legendarios, por los que
el pueblo sentía verdadero terror. Cada uno
de estos personajes jamás entraba en las casas
que estuvieran protegidas por amuletos adecuados,
tuvieran encendidas las velas benditas o estuvieran
rezando en voz alta oraciones a Santa Bárbara,
cuyo nombre les repelía. Tampoco soportaban
el toque de campanas especial que en algunas regiones
llamaban de “espantanublos.”
Toques de campana. Conjuros
Los toques contra las tormentas fueron empleados hasta
épocas muy recientes –mediados del siglo
XIX, en general- y se hacían para defender
las cosechas y personas contra rayos y granizo, desde
tiempos inmemoriales. En tierras castellanas y leonesas
se llamaba “tocar a nublao” y se creía
que repicando se despejaba la tormenta y se marchaba.
Este toque se realizaba a diario, a mediodía,
en la época de mayor frecuencia de tormentas,
desde el día de la Santa Cruz de Mayo hasta
el de la Santa Cruz de septiembre, del 3 de mayo al
14 de septiembre. Por hacerlo, se remuneraba al sacristán
o al campanero. Era un toque preventivo, protector,
de defensa contra los malos espíritus que pueblan
las tormentas. Decía una canción:
“De
Santa Cruz de mayo
a Santa cruz de septiembre,
se repican las campanas
hasta que quiebren”
En
muchos lugares llamaban a este toque “tañer
a buen tiempo”y según Cea Gutiérrez
(1978) “las campanas no solamente tenían
poder contra las tormentas, sino la facultad de provocar,
mantener y suplicar a Dios buenos temporales”.
Independientemente
de este toque protector, de Cruz de mayo a Cruz de
septiembre, siempre que la nubosidad indicaba indicios
de tormenta y se comenzaban a oír los primeros
truenos, las campanas tañían tristes,
acompasadas y lentas, mientras no se alejaba.
Esta
superstición invadió la Europa católica
hasta mediados del siglo XIX y es sabido que en distintas
regiones españolas, se encendían cirios
benditos dentro de las viviendas, se rezaba en voz
alta a Santa Bárbara y se quemaban hojas de
laurel. El toque de campanas, lúgubre y cadencioso,
era una especie de conjuro que vulgarmente se llamaba
“tente, nublo” o “tente, nu”,
cuya letra se cantaba acompasándola al ritmo
de las campanadas. Se conservan muchos y muy variados
ejemplos. Uno de los más originales, procedente
de Cantabria, es el siguiente:
“Tente
nube, tente nu,
que Dios puede más que tú.
Si eres agua, ven acá,
si eres piedra, vete allá,
siete leguas de mi pueblo
y otras tantas más allá.
Tente
nublo, tente nu
que Dios puede más que tú.
Tente nublo redoblado
que Dios puede más que el diablo.
Tente nublo, tente en ti.
Dios lo quiere y manda así
Tente
nublo, tente nu,
que Dios puede más que tú.
Que el mar es de agua bendita
y el aparejo una cruz.
Detente, nube maldita,
que Dios puede más que tú.

Localizamos
el siguiente pasaje, muy ilustrativo, en “Antaño”,
uno de los relatos de Domingo Cuevas, referido a una
tormenta en Comillas (Cantabria)” Comenta:
“
... Ya algunas mujeres, con el semblante demudado
íbanse reuniendo en los portales de la villa
y pedían que viniese el sacristán para
“contener la nube”... El toque del “tente
nu” era triste, monótono y acompasado
y le interpretaban los muchachos y las gentes sencillas
cantando –con el mismo tono y ritmo que marcaban
las campanas- el estribillo del “tente nube,
tente nu”. Los labradores y artesanos dejando
cada cual su trabajo, corrían presurosos en
dirección a la playa para prestar allí
auxilios a los marineros en caso necesario y no echaron
de ver, a su paso por la plaza de la villa, un cuadro
tan interesante como tierno que allí se representaba.
Era que el cura mayor de la parroquia, tan cargado
de años como lleno de merecimientos, con la
fe de un patriarca, la caridad de un apóstol
y la sencillez de un niño, erguido como el
cedro del Líbano, con la cabeza enhiesta y
sus blancos cabellos a merced del torbellino, inspirado
como un profeta, levantaba la diestra descarnada y
trémula, a la altura de su desnuda frente,
bendecía la nube y a la vez la conjuraba, evocando
al Dios del Sinaí, para que aquella se disipara
sin arrojar sobre la tierra los malos espíritus,
que tenían ya revuelto el mar y amagaban destruir
las cosechas próximas a su hogar...”
Si en pueblos de Cantabria los conjuros solían
hacerse desde el atrio de la iglesia o la plaza, en
muchos lugares del Alto Aragón se levantaron
en lugares próximos a iglesias y ermitas, una
especie de templetes de piedra, formados por cuatro
columnas y una pequeña bóveda. Desde
los huecos, entre pilares, orientados a los cuatro
puntos cardinales, el sacerdote invocaba a Santa Bárbara
y hacía los conjuros. Estas construcciones
son típicas en el Pirineo y suelen llamarlas
“cuatropilares”, “esconjuraderos”
y “esconjuraderas”.
De creencias, ritos y conjuros supersticiosos
a una frase alegórica con futuro prometedor
Partimos al comienzo de este estudio de la frase proverbial
acordarnos de Santa Bárbara cuando
truena. En las páginas siguientes
hemos intentado dar un sentido a la relación
Santa Bárbara / tormentas en un pasado cercano,
mediatizado por la Iglesia en imágenes, jaculatorias,
cirios benditos, repiques de campanas, conjuros, novenas,
procesiones, patronazgos... Tenemos sobradas noticias
de que nuestros antecesores sí se acordaban
de la Santa cuando había tormentas. Y también,
cuando no las había... para que no se produjeran.
Y de todo ello sólo permanece una frase. Una
frase que hoy no se emplea jamás en sentido
literal.
En general, con ella “ se reprende a quienes
sólo ante un peligro inminente recurren al
modo de precaverse de él”. Tiene pocas
variantes, todas de carácter gramatical. No
sabemos cuándo se comenzó a utilizar
en sentido figurado. Lo que sí hemos podido
constatar es que en las postrimerías del siglo
XIX, en 1883, la frase era de uso común y se
utilizaba con idéntico significado a como lo
hacemos en este momento y en las mismas circunstancias.
Veamos un ejemplo muy reciente:
Hace
unas semanas, el martes 28 de enero de 2003, La Voz
de Galicia publicaba, con el titular “Una deuda
de 120 años”, una carta editada por el
propio periódico en Noviembre del año
1883. En ella un lector denunciaba la falta de medios
en la seguridad marítima tras el naufragio
del Irish Hull en La Costa de la Muerte. La carta
finalizaba así: “Las autoridades
se acuerdan de Santa Bárbara cuando truena
y mientras, cuando se ofrece un caso de éstos,
hay que cruzarse de brazos y ser un simple espectador...”.
Podría haber sido una carta también
fechada en noviembre, pero del 2002. Su significado
semántico sigue siendo el mismo.
Este ejemplo, nos permite afirmar que hace 120 años,
ya se empleaba la frase en sentido figurado, proverbio
que sigue utilizándose hoy en análogas
situaciones. Las costas gallegas y sus gentes, durante
el siglo XX, padecieron catorce mareas negras.
Se nos ocurre pensar que, con valores éticos
en crisis, lo de acordarse de Santa Bárbara
cuando truena seguirá diciéndose
justificadamente. Pero, en realidad, nadie recordará
ya a la Santa durante las tormentas.
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BIBLIOGRAFÍA
GARCÍA
LOMAS, G. Adriano. “Mitología y supersticiones
de Cantabria”Diputación Provincial
de Santander.1964
LLOP I BRAVO, F. y ALVARO, Maricarmen. “Campanas
y campaneros”. Diputación de Salamanca,
1986
BLANCO, J. Francisco. “ Prácticas
y creencias supersticiosas en la Provincia de Salamanca”.
Diput. Salamanca,1987
BLANCO, J. Francisco.”El Tiempo. Meteorología
y cronología populares”.Archivo
Tradiciones Salmantinas, 1987
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